sábado, 8 de diciembre de 2007

Un Gabriel y otro



Cuando uno decide irse a vivir solo y lejos de casa, es muy bueno encontrar buenas compañías. Muchas veces ocurre que gente del mismo lugar de origen se junta, como para que estar lejos del pago no se sienta tanto.


Nos ocurrió en el año '89 que conocimos a dos ejemplares rafaelinos que ya estaban instalados en Paraná y que terminaron siendo compañeros de casa por tres grandes años. Gabriel y Gabriel. O mejor dicho, el Gabi y el Tío.


A comienzos del '90 nos encontramos viviendo junto a Pedro en el querido departamento de Buenos Aires 176 (¿o 167? bueno, la verdad no lo recuerdo bien), 1º A. No se trataba precisamente de una torre de departamentos, era más bien un grupo de dos plantas y con apenas un par de deptos por piso. Igual, al nuestro no le faltaba nada. Dos dormitorios, comedor, cocina, sala de lectura, dos baños y hasta patio.


Seguramente una de las cosas más recordadas de aquellos años fue haber vivido el Mundial de Italia 90, el que vimos casi en su totalidad en blanco y negro (la tecnología y el presupuesto no daba para un plasma)


Allí también hicimos las más ricas torta fritas del planeta y sus alrededores. Un ritual que hacía que se llenara el departamento muy a menudo. Y ni hablar de las interminables noches de truco jugado a cara de perro y con historial actualizado día a día.


Tal vez por su contextura física, el Gabi era un poco el padre de nosotros tres. Era sin dudas el que más respeto inspiraba, sobre todo si se tenían en cuentas nuestros humildes 65 kilos de peso de aquella época. Arquero en recordadas y perdidas batallas de los Interfacultades. La verdad -habrá que decirlo- nunca tuvo pinta de arquero. Aunque si me pongo a recordar otros ejemplares que de verlos parecían Amadeo Carrizo y que después atajando eran horribles, la verdad me quedo con el Gabi. Además, verlo en el arco, asustaba a cualquiera (a nosotros tambien, ja).
El Tío es, como diría Ezequiel, un delantero que obliga (a sacarlo). La verdad que le recuerdo un solo gol con la gloriosa camiseta de los Mapaches. Una mañana de sábado nublado en la cancha de Peñarol. Siempre fue adorable verlo vivir la vida en punto muerto. Nunca apurado, nunca nervioso. Aunque eso a la hora del fútbol le jugara en contra.
Fueron, más allá de sus condiciones futbolísticas, grandes compañeros de ruta. Parte importante de nuestra historia en Paraná. Un poco hermanos, un poco padres y, sobre todo, amigos. Y por supuesto, parte de este mito viviente que son Los Mapaches Aulladores.

domingo, 4 de noviembre de 2007

El amigo de la nostalgia

Pocas veces una persona reúne tantas buenas condiciones. Ezequiel es una de esas personas. Es, junto a los restantes integrantes del grupo, de los que hacen un culto de la amistad. Incondicional como pocos, vehemente, también como pocos. Con el Tano vivimos buena parte de los grandes momentos de nuestra adolescencia. Compartimos los buenos y apechugamos en los malos.
Es de los que sabe que nada se cambia por una cerveza con un amigo. Lo que lo distingue del resto del grupo -y lo que lo hace más amigo mío aun- es que sea melancólico y nostálgico al mango. En eso nos parecemos, definitivamente. Y siempre me gustó que fuera así.
Habría que escribir mucho para resumir los momentos que pasamos juntos. Fue el templo sagrado de Courreges 236 el que nos encontró conviviendo por primera vez. Pedro, Ezequiel y yo hicimos realidad la idea de vivir juntos en 1994. Primero lo compartiríamos con un rafaelino, del que pocos recuerdos quedaron. Para que luego de menos de un año llegara el último integrante del grupo: Gerardo.
Fue el que nos llevó a trabajar al glorioso Hora Cero. El que nos inició en el periodismo profesional. El que nos enseñó a dar los primeros pasos. El que nos llevó a trabajar con los veteranos. Con el que compartimos innumerables partidos de fútbol en el bar que estaba debajo del departamento de calle Buenos Aires.
Evidentemente eran otras épocas, pero el paso del tiempo no ha cambiado los conceptos. Después de 11 años de ya no vivir juntos, la amistad sigue intacta. Acaso haya crecido, madurado. Y seguramente eso nos haga reconocer las grandes amistades, las verdaderas amistades. El hecho de no necesitar estar juntos para ser tan amigos como antes.
Por eso, volver a juntarnos es casi como una formalidad, como si cada día nos encontráramos en la cena o en el almuerzo, o salieramos a tomar una cerveza o fuéramos a Parador.

miércoles, 10 de octubre de 2007

Cariñosamente, Munchen

Tiene el privilegio de haber sido la primera (o al menos, la primera que recuerdo) persona que conocimos cuando nos instalamos en Paraná. En la primera clase en la Facultad lo conocimos a Norman y al entrañable Cabezón Gaido. Ambos de Santa Fe.
En esos momentos uno no mide si las personas que conoce son lo que uno creen, pero en el caso de ellos se notó rápido de qué tipo de personas se trataba.
Formalmente, me gustaría declararlo en este momento a Norman como el primer gran amigo que conocimos en Paraná. Con el tiempo, lo fuimos conociendo y aquella primera impresión no fue errónea. Todo lo contrario.
Un tipo derecho (tal vez demasiado para la sociedad en la que vivimos), frontal, muy temperamental (por no decir muy calentón). Diría que muy escorpiano, aún cuando es libriano (al límite, pero libriano al fin).
Le debo aquel momento sagrado en el que apareció con el casssette de Joaquín Sabina. Y nos mostró que Eclipse de Mar no era de Baglietto, sino de este maravilloso perro andaluz. Le debo los mejores milhojas hechos por su madre exclusivamente para mi cumpleaños.
Le debo la protección de su familia cuando por el '89 era medio complicado andar solo por la calle.
Norman es el prototipo del marcador de punta. De hecho, estoy convencido que no puede ser otra cosa que marcador de punta, aunque ahora me diga que juega en otra posición en el equipo que actualmente integra en Tierra del Fuego. Por supuesto, que en Los Mapaches Aulladores fue siempre un estoico número 4.
Claro que también tenía sus defectos. Nunca logramos que fuera el primero en cambiarse, aun cuando siempre era el primero en llegar. Jamás trajo en el bolso las vendas enrolladas. Y eso siempre le llevaba una eternidad. Y un ritual que siempre lo cumplía en la cancha.
Su pasión por el periodismo bien hecho y una convicción inquebrantable, lo llevaron a él y a su familia a Ushuaia. Allí encontró su lugar, allí agrandó su familia. Y desde allí vendrá en enero para el gran reencuentro. Te esperamos, Munchen.

viernes, 21 de septiembre de 2007

Las primeras compañías

Cuando uno decide irse a estudiar lejos de casa, esa decisión conlleva varios factores a tener en cuenta. No todo pasa por conseguir un lugar adecuado, por estar convencido de lo que se quiere estudiar. Un factor que diría que es determinante es el de las compañías.
Y no siempre se tiene la suerte de conseguir buenos compañeros de ruta. Ese fue un elemento que por fortuna tuve a mi favor. Primero, encontrar a Pedro. Un pibe que tiene muchas virtudes, aunque muchas veces me empeñé en marcarle los defectos. O en todo caso, me tocó sufrirlos. Ja.
Como olvidarme de aquel domingo de abril. El 2 de abril de 1989. Ese fue el día en el que nos fuimos a vivir a Paraná. Un día después que Pedro cumpliera los 18. La querida pensión de Villaguay 612. Tenía sus particularidades. Por ejemplo, no era un pensión convencional. Eran dos habitaciones detrás de una peluquería de un peluquero loco.
Allí vivimos sin televisor, con la radio prendida las 24 horas y fuimos descubriendo al otro. Jugábamos una especie de tenis en el dormitorio con una pelota de goma espuma. Cosa rara, no? Cocinamos parte de las mejores torta fritas de la historia. Y caminamos incansablemente las 15 cuadras que nos separaban de la Facultad, cada mañana. Y fuimos a correr a la plaza que teníamos a una cuadra.
Ese fue un año intenso, porque era todo nuevo para nosotros. A punto tal que debutamos errándole al curso que teníamos que ir. Entonces, presenciamos dos veces la misma clase, con la misma profesora.
Allí vivimos las primeras historias. Las primeras peñas universitarias, aquel recital organizado por los radicales en el Club Echagüe. Ese fue sólo el comienzo, pero como no recordarlo. Con la misma nostalgia que a todos los demás, porque allí empezó todo.

jueves, 20 de septiembre de 2007

Quiero verte otra vez...


Alguna vez alguien deberá dejar de mencionarlas como pequeñas cosas a las pequeñas cosas, porque son esas precisamente las que le ponen el condimento justo a nuestra vida. En definitiva, son grandes cosas.
Una de esas pequeñas grandes cosas está por ocurrir. Y solamente por ese pequeño detalle se arma este blog.
El tiempo pasó, los años pasaron, los destinos nos fueron llevando hacia distintos lugares, pero hay algo que sigue intacto como el primer día. Ya no somos tan adolescentes, ya no vamos a peñas universitarias, ya no trasnochamos hasta los lunes, ya no podemos disimular la panza, ya no lo tenemos al Negro Fontanarrosa, pero mantenemos la esencia de nuestra amistad. Seguimos siendo Los Mapaches Aulladores.
Y ese es un muy buen motivo para mostrar que aquella mística futbolera sigue intacta. En enero regresan Los Mapaches Aulladores, volvemos a estar juntos. ¿Acaso no vuelven todos? Volvió Soda Stereo y hasta Los Gatos.
Ahora nos toca a nosotros. La cita es en enero. No será en Buenos Aires 176, 1º A (arriba del bar), no será en el Templo de Courreges 236, no será arriba de Parador en el 4º H, pero vamos a estar todos.
El Gallego Cosenza, el Gordo Munchen, el Tano Ré, Pedrito y yo. Y la convocatoria se extiende al Gaby y al Tío.
La excusa, un asado, cerveza, vino, por supuesto, fútbol y mucha nostalgia. Por todos estos años de amistad, por todos los momentos vividos, por el placer del reencuentro. A cuatro meses del regreso, lo comenzamos a vivir, a palpitar, y también a recordar todo lo que fuimos pasando, como nos conocimos, donde se unieron nuestras vidas. Porque para nosotros no hay pequeñas cosas. Sólo grandes amistades.